En el taller no arrancamos por el corte. Primero entendemos el ambiente, y recién después se define qué se fabrica. Ese orden es lo que evita rehacer piezas y lo que sostiene el plazo de tres a cinco semanas según el acabado.
Vamos al ambiente y relevamos tres puntos por cada lado del hueco, más la altura en los extremos y el centro. Anotamos también tomacorrientes, caños y zócalos, porque condicionan la profundidad útil. Trabajar con medidas estimadas es la forma más rápida de arruinar una pieza.
Con esas medidas dibujamos un boceto con cotas claras: dónde va cada apoyo, cómo se abre, qué se guarda y con qué se cierra. El cliente lo aprueba antes de que se compre el material. Si después cambian las medidas, el calendario se corre.
Se corta la placa de 18 mm según las piezas definidas y, en paralelo, se preparan las partes de hierro. Las zonas de apertura y cierre llevan herrajes de cierre suave. La estructura metálica no se pinta acá: sale del taller para su terminación.
Las piezas de hierro reciben pintura poliuretánica al horno antes del montaje final. Es un paso que agrega unos días porque se hace por fuera, y por eso lo contemplamos en el plazo desde el principio y no como una sorpresa al final.
El mueble se arma y se entrega instalado en el ambiente. Ahí se resuelven los ajustes finos que el hueco real pide, sobre todo cuando nada está en escuadra. El cierre del encargo no es la salida del taller, sino el mueble funcionando en su lugar.
El plazo de tres a cinco semanas depende del acabado, de la cantidad de piezas y de la disponibilidad de herrajes. No trabajamos con piezas genéricas ni con medidas estimadas: cada etapa se apoya en la anterior.